
... pasaban tres días, tres días de miedo y sufrimiento. Yo estaba situado a trescientos metros, escondido entre el bosque de brillantes luces amarillentas, desde donde vigilaba la entrada al agujero. Hacía tres días que no comía nada ni bebía tampoco, tenía la lengua seca y mi cuerpo se encontraba flojo, tan flojo que una mosca me podía tumbar. El pueblo me esperaría siempre, pues sabe lo valiente que soy, siempre me estaría esperando. Recordando las frases que mi viejo abuelo me dio cuando se fue de mi lado hacia otro mundo, el sol iba desapareciendo, y en mi tierra cuando el sol desaparecía, signo de algo malo era. Ahora sí, dije, este es el momento, me repetía a mí mismo para aumentar el valor que por dentro de mi cuerpo corría y notaba los temblores del suelo, los cuales hacían que mis tobillos llorasen y flojearan, pero yo era valiente, el que más, y debía hacer frente a mi deber. Con un escudo y la gran espada de acompañante, forjada en el Monte del Tempo, me levanté y me acerqué al gran agujero. Olía que apestaba y muy oscuro era. Lo vi, le vi sus tres cuellos con los dos ojos que cada cuello coronaban, se acercaba a mí, no me podía mover, mi cuerpo se encontraba inmóvil. Recordé las frases de mi abuelo y también la forma en que aterrorizaba mi gente, rompí las cuerdas que me impedían lanzarme a disputar nuestra muerte. Armé de fuerza mi brazo derecho y emprendí el camino hacia al monstruo. La lucha iba a empezar, mi destino estaba en juego, el de mi pueblo, mi vida. Yo con la mejor espada de todas, la mejor. Delante del monstruo salté para llegar a sus cabezas y poder cortárselas, esas tres cabezas, se me acercában y intentában morderme como si yo fuera su alimento. Me defendía con el escudo, con la espada contraatacaba. Contra la pared me tenía el gran bicho, pero la espada me empezó a brillar, me brilló de tal forma que cambió mi carácter, mi cabeza pensaba en matar, solo en matar y por momentos pensé que no era yo, que me ocurría algo. Puestos ya, me lancé sobre el monstruo, le asalté con la espada y su coraza perforé en siete veces, pues notaba que el monstruo sufría y eso me daba más valor. No iba a parar de luchar y tanto valor me llevó a un error, el monstruo me zancadilleó, me zancadilleó con su cola y en el momento de caer al suelo, me mordió el antebrazo, me miré y el antebrazo no estaba, me salieron dos lágrima, una por el dolor y la otra por el miedo. Recordé a mi abuelo y es que el último sitio en donde mi abuelo vivió, fue en este agujero. Se acabó, pensé, voy a matarlo, grité. Me incorporé cogiendo la espada, corrí hacia el monstruo y me lanzó sus tres cabezas. Corte la primera, manchándome de su sangre el rostro, esquivé la segunda por a ras del suelo y me quedaba la tercera, apunté a su cuello con mi único brazo y fue cuando engañé a aquel monstruo y le derroté. El monstruo pensaba que intentaría cortar su tercera cabeza, pero no, como mi abuelo decía, "al centro y a dentro", y a dentro de su torso fue mi espada, sin sacarla corrí a su alrededor cortando en dos mitades perfectas al monstruo. Lo vencí, lo sabía y también sabía que perdí demasiada sangre para intentar volver a mi pueblo y morir por el camino. Así que decidí forjar allí mi propia tumba al lado del monstruo que yo logré vencer.
-Francisco Medina Pascual. [Corregido]
Moises, este es el corregido.
ResponEliminaBuen cuento, Fran. Me gusta esta traslación que haces del guerrero y el monstruo. Me gusta este final también: heroico, anónimo, compañero.
ResponEliminaUna gran historia y un gran relato para un cuento imaginario. Buen trabajo Fran.
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